El cineasta mexicano Alfonso Cuarón ha hecho de la honestidad su principio creativo. En una de las clases magistrales del Festival de Cine de Venecia, durante la presentación mundial de Gravity, lo resumió con una frase que quedó como una de las mejores definiciones del cine de autor: «Porque el cineasta que es honesto con lo que plasma en la pantalla, puede tocar partes profundas y oscuras del espectador». Para Cuarón, una gran producción de Hollywood no tiene por qué renunciar a la verdad ni a la vulnerabilidad, y el cine puede funcionar como un espejo emocional capaz de conectar con quien lo ve.

En aquel momento, Gravity se presentó como un hito técnico gracias a sus efectos especiales, pero Cuarón insistió en que la inmensidad del cosmos era una analogía visual para hablar de asuntos muy terrenales: superar una pérdida, la soledad y el aislamiento. La película, producida por Warner Bros. y protagonizada por Sandra Bullock, narra la historia de Ryan Stone, una brillante ingeniera que realiza su primera misión espacial. Tras un accidente caótico y sin compañía, la astronauta debe encontrar la manera de sobrevivir y regresar sana y salva a la Tierra. En manos de otro director, ese argumento podría haber quedado en un blockbuster convencional; en las de Cuarón, se convirtió en una experiencia que buscaba remover algo más que la adrenalina del público.

La reflexión de Cuarón no era aislada. Su carrera ha estado marcada por obras en las que lo espectacular convive con lo íntimo. En Hijos de los hombres (2006), por ejemplo, retrató la desesperanza de una sociedad estéril a través de una distopía de marcado tono realista. Y en Roma (2018), su filme más personal, recreó su infancia en un ejercicio de desnudez honesta que le valió su segundo Oscar al mejor director. Para el cineasta, la incomodidad es el tránsito necesario para generar un impacto duradero y lograr una conexión real con el espectador.

Cuarón forma parte, junto con Alejandro González Iñárritu y Guillermo del Toro, del grupo conocido como «Los Tres Amigos», que atesora una impresionante colección de estatuillas. Iñárritu ganó el Oscar al mejor director por Birdman (2014) y El renacido (2015); del Toro lo logró con La forma del agua (2018); y Cuarón fue el primero en abrir esa senda con Gravity (2013), antes de repetir con Roma. Entre los tres, elevaron el prestigio del cine mexicano en Hollywood y demostraron que la autoría y los grandes presupuestos no resultan incompatibles.

Esa concepción del cine explica también por qué Cuarón ha alternado grandes producciones con proyectos más personales. Su filosofía creativa, tal como ha repetido en entrevistas y ruedas de prensa, puede trasladarse a cualquier película de su filmografía: la técnica y el presupuesto están al servicio de una historia que busca la verdad del personaje antes que el lucimiento formal. En ese sentido, el director mexicano entiende el cine como un espacio de encuentro en el que el espectador también participa del relato.

Después de llevarse su segundo Oscar con Roma y estrenar la serie Disclaimer para Apple TV, Cuarón permanece inmerso en el desarrollo de dos largometrajes que planea escribir y dirigir: Ascension y Billy Please Call Home. Apenas se conocen detalles sobre ambos proyectos y todavía no hay fecha de estreno oficial. Mientras tanto, sus dos compatriotas sí tienen citas marcadas en el calendario. Iñárritu estrenará Digger el próximo 2 de octubre, y Guillermo del Toro prepara su próxima película de animación en stop motion, The Buried Giant, una adaptación de la novela del mismo título escrita por Kazuo Ishiguro.