La banda de Leeds Bathing Suits, formada en 2024, se ha convertido en una de las propuestas más excitantes del underground británico con su mezcla de noise-punk, pop industrial y caos escénico. Ahora preparan su salto definitivo mientras reivindican la escena DIY que los vio nacer.
Bathing Suits se han ganado a pulso una reputación que pocos grupos emergentes pueden igualar: la de convertir cada concierto en un ritual imprevisible donde el ruido, el sudor y la destrucción de instrumentos forman parte del espectáculo. La banda de Leeds, formada en 2024, se ha labrado un nombre en la escena underground británica con un sonido que ellos mismos describen como pop industrial freak, una etiqueta que les queda tan ancha como incómoda.
El cuarteto, integrado por la vocalista Freyja Blevins, los guitarristas Alex Mulholland y George Dickinson y la bajista Elise Hughes, todos veinteañeros, ha recorrido salas y espacios DIY de todo el país con una propuesta que la crítica ha intentado encasillar sin demasiado éxito. Las comparaciones con Idles o Gilla Band les persiguen, aunque ellos las reciben con una mezcla de ironía y hastío. Su tema más conocido hasta la fecha, «I Can Be a Freak», samplea a Estelle y ha sido remezclado recientemente con la colaboración de Valentine Caulfield, de Mandy, Indiana.
La trayectoria del grupo arranca en la escena universitaria de Leeds, donde Hughes, Mulholland y Dickinson se conocieron y fundaron una promotora llamada Wisecrack para programar conciertos de música fringe. En uno de aquellos eventos actuaba la antigua banda de Blevins, y la conexión fue inmediata: Hughes y Blevins descubrieron su gusto compartido por el sello PC Music, fundado por A.G. Cook, y empezaron a tocar juntas. De aquellos primeros bolos recuerdan acuerdos poco ortodoxos, como el que cerraron con sus colegas de Normal Village para amañar un concurso de bandas en un pub irlandés y repartirse el premio económico, ganara quien ganara.
Los conciertos son, según Blevins, la parte más importante de todo. La artista, que creció en Peterborough sintiéndose «la chica rara y gay», ha convertido el escenario en un espacio sin barreras entre público e intérprete. Se ha llegado a desnudar sobre las tablas, se lanza al público y en una actuación memorable en el festival The Great Escape de Brighton trepó por el andamiaje antes de lanzarse sobre la audiencia. Para ella, actuar tiene algo de experiencia ritual, casi sexual; para el resto, es una situación de lucha o huida.
Esa intensidad física ha tenido consecuencias. La banda reconoce que ha tenido que moderar sus directos y dejar de iniciar peleas sobre el escenario. «Tuvimos que parar de hacer eso», admite Hughes entre risas, recordando pedales rotos, amplificadores caídos y ropa destrozada. La destrucción, sin embargo, no ha cesado del todo: la bajista destruyó su instrumento durante unos conciertos en Francia y el bajo sigue en el taller, literalmente en cuidados intensivos.
Más allá del caos, Bathing Suits reivindican la comunidad que ofrece la música outsider. Mulholland lo resume con claridad: «Estamos metiendo sonidos abrasivos en un formato pop. Si tuviéramos un manifiesto, sería ese». En una época en que los músicos sienten la presión de definir su identidad y buscar la viralidad antes incluso de escribir una canción, el grupo se enmarca en una generación de bandas británicas que redescubren el sentido en la tensión entre destrucción y reconstrucción, lejos de cualquier complejo industrial de relaciones públicas.
El directo sigue siendo su seña de identidad y su principal herramienta de conexión. Ya toquen ante jubiladas que corean «I can be a freak» en una fiesta de cumpleaños o ante adolescentes sudorosos con asma inducida por el vapeo, la consigna es siempre la misma: esperen caos. Para Mulholland, además, tiene un efecto terapéutico: «Está bien si has tenido una semana de mierda y puedes golpear tu guitarra; luego te sientes un poco mejor».
10




