Tras catorce trimestres de ventas netas, Berkshire invirtió casi 19.800 millones de dólares netos en bolsa y reabrió la conversación sobre la era Greg Abel.
La conversación sobre Berkshire Hathaway ha cambiado de pregunta. Durante años, el debate era por qué la caja seguía creciendo hasta niveles récord. Tras el segundo trimestre de 2026, la pregunta es otra: ¿qué está comprando Berkshire y qué dice eso de su nueva etapa?
Los datos son claros. Berkshire compró unos 23.500 millones de dólares en acciones cotizadas y vendió aproximadamente 3.700 millones. El resultado fue cerca de 19.800 millones en compras netas. Hacía catorce trimestres que la compañía no terminaba un periodo con más compras que ventas.
La noticia más fácil de compartir es Alphabet. Una entidad vinculada a Berkshire invirtió 10.000 millones de dólares en una colocación privada de acciones. Alphabet estaba levantando una cantidad mucho mayor para financiar centros de datos, infraestructura de inteligencia artificial y capacidad de cómputo. Los documentos regulatorios detallan más de 28 millones de acciones de dos clases para Berkshire.
El movimiento crea una narrativa potente: la compañía más asociada a la inversión clásica entra con una cifra enorme en uno de los protagonistas de la carrera por la IA. Pero la lectura financiera es más simple. Alphabet es uno de los pocos negocios cotizados con escala suficiente para recibir un cheque de Berkshire sin que la propia compra cambie completamente la empresa objetivo.
También hubo una inversión mucho más cercana: Berkshire compró Berkshire. La recompra de acciones había vuelto el 4 de marzo tras casi dos años de pausa, y en el segundo trimestre alcanzó unos 4.500 millones de dólares. Es una señal directa de que la dirección vio valor en su propio conglomerado frente a otras alternativas disponibles.
Y apareció Taylor Morrison. Berkshire acordó adquirir el constructor de viviendas. La cifra de 6.800 millones de dólares es el valor del capital; el valor de empresa ronda los 8.500 millones. El cierre tuvo lugar el 24 de julio, después del segundo trimestre, una precisión importante porque en redes suele mezclarse el anuncio con la caída de caja registrada a finales de junio.
La reserva de liquidez pasó de unos 397.400 millones de dólares a finales de marzo a alrededor de 365.000 millones a finales de junio. Sigue siendo una cantidad gigantesca. Berkshire mantiene además una política que exige al menos 30.000 millones en efectivo, equivalentes y letras del Tesoro a corto plazo.
Los resultados del trimestre ayudaron a alimentar la historia positiva. El beneficio neto fue de unos 25.670 millones de dólares, más del doble que un año antes, aunque una gran parte se debe a ganancias de inversión que pueden cambiar con el mercado. El beneficio operativo aumentó cerca del 16% hasta 12.980 millones.
Greg Abel asumió como CEO a comienzos de 2026, mientras Buffett continúa como presidente del consejo. Ese detalle hace que cada compra tenga una dimensión de comunicación corporativa inevitable. El mercado no solo evalúa el precio pagado; intenta identificar si existe un nuevo lenguaje de Berkshire después de Buffett.
Michael Burry ha convertido el escepticismo en parte de esa conversación. MarketWatch informó de que escribió en Substack que ya no encuentra Berkshire atractiva como inversión futura. Su opinión circula porque enfrenta una pregunta emocional para los accionistas: ¿se puede heredar una cultura de inversión o dependía demasiado de una persona?
La respuesta todavía no existe. Berkshire no ha anunciado un cambio formal de filosofía y conserva una liquidez que permite seguir esperando. Haber gastado más en un trimestre no obliga a repetirlo en el siguiente. La empresa puede volver a acumular si los precios dejan de ser atractivos.
Lo verificable es que el guion ha cambiado. La era Abel comienza con menos caja, más compras netas, una apuesta de 10.000 millones por Alphabet y recompras significativas.
En redes sociales es fácil convertir esa secuencia en una frase más dramática: «Berkshire dejó de acumular y empezó a gastar». El problema es que la realidad tiene tres capas. La compañía sigue acumulando liquidez a través de sus negocios, sigue manteniendo un enorme colchón y, al mismo tiempo, ha encontrado más formas de desplegar una parte de él. No son ideas incompatibles.
La cifra de Taylor Morrison es un buen ejemplo de por qué importa el contexto. Los 6.800 millones son equity value, no enterprise value, y el cierre fue el 24 de julio. Si se presenta como «Berkshire gastó 6.800 millones en Q2», se mezcla la fecha del anuncio con la fecha del pago y se simplifica un dato corporativo que necesita precisión.
También hay una conversación más amplia sobre la IA. La compra de Alphabet no significa que Berkshire se haya convertido de repente en un fondo tecnológico. Significa que una empresa del tamaño de Alphabet puede absorber una inversión de 10.000 millones y que su expansión de infraestructura necesita enormes cantidades de capital. Para Berkshire, el tamaño del destino es casi tan importante como la categoría del sector.
El buyback genera otra conversación: ¿por qué una empresa compra sus propias acciones? Porque puede ser la mejor opción disponible si la dirección considera que el mercado valora Berkshire por debajo de lo que valen sus negocios a largo plazo. Pero esa lógica depende del precio. Recomprar por costumbre sería justo lo contrario de la disciplina que la compañía intenta conservar.
Si dentro de varios años Alphabet, Taylor Morrison y los buybacks generan retornos elevados, el trimestre de 2026 se recordará como el momento en que Berkshire volvió a poner en movimiento su montaña de capital. Si no, la conversación será mucho más incómoda. Por ahora la historia correcta es menos absoluta: hay un nuevo ritmo, un nuevo CEO y una prueba abierta sobre si la cultura de Berkshire puede sobrevivir a su figura histórica.



