La industria automovilística alemana, durante décadas un pilar de la economía del país, encara una de las mayores reestructuraciones de su historia. Los planes de ajuste anunciados por los principales fabricantes superan ya los 63.000 despidos, una cifra que sigue creciendo a medida que se agravan la debilidad de las ventas en China, la guerra de precios con las marcas asiáticas y el aumento de los costes de producción.
La última compañía en sumarse a los recortes ha sido BMW. La firma de Múnich comunicó el miércoles una estrategia de reducción de costes que contempla suprimir hasta 8.000 empleos en todo el mundo antes de que termine 2027, lo que equivale aproximadamente a un 5% de su plantilla. La salida se planteará de forma voluntaria, mediante jubilaciones anticipadas e indemnizaciones, con el objetivo de ahorrar unos 1.000 millones de euros anuales a partir de 2028, según fuentes de la compañía.
Uno de los principales problemas de BMW es la fuerte contracción de sus ventas en China, su mayor mercado exterior durante años. En el primer semestre de 2026, sus entregas en el país retrocedieron un 20,4%, con un desplome aún mayor en el segundo trimestre, del 30,2%. El motivo es la guerra de precios que mantienen los fabricantes chinos para ganar cuota de mercado, una batalla que está marginando a las marcas europeas que históricamente habían encontrado en Asia un socio comercial clave.
El caso más delicado es, no obstante, el del grupo Volkswagen, propietario de Audi, Seat y Cupra o Lamborghini. Fue el primer gran conglomerado en anunciar un ajuste masivo: en marzo confirmó una reestructuración con 50.000 despidos en Alemania de aquí a 2030, después de que sus ganancias se hundieran un 46% en el primer trimestre. De ellos, 35.000 corresponden a la marca Volkswagen y el resto se repartirá entre las demás firmas del grupo.
El consejero delegado de Volkswagen, Oliver Blume, advirtió en junio de que, si las medidas no dan resultado, el número de salidas podría ampliarse hasta las 100.000. Blume ha citado entre los principales lastres los aranceles impuestos por el Gobierno de Estados Unidos y la feroz competencia en el mercado asiático, además de una desventaja de costes de alrededor del 20% frente a sus rivales. Para hacer frente a la situación, el grupo estudia simplificar hasta en un 50% su gama de modelos y reducir en un 75% las opciones de equipamiento y extras de sus vehículos, aunque esta última propuesta aún no ha sido confirmada oficialmente.
Las cifras del grupo no dejan de deteriorarse. La pasada semana presentó una caída del beneficio del 30,7%, hasta los 3.103 millones de euros, mientras que la facturación apenas creció un 0,2%. El grupo atribuyó, en gran parte, esta evolución a la debilidad del mercado chino y se vio obligado a rebajar sus previsiones para el resto del ejercicio, con expectativas de que los ingresos y la facturación puedan seguir disminuyendo.
Porsche, la marca premium integrada en Volkswagen, tampoco escapa a la reestructuración. El fabricante de modelos como el 911 o el Cayenne anunció el lunes un plan para reducir hasta 5.000 puestos de trabajo, también de forma no forzosa, mediante jubilaciones, relevo generacional o indemnizaciones. El acuerdo se alcanzó con el comité de empresa, el sindicato IG Metall y la patronal Südwestmetall, y forma parte de la estrategia bautizada como «Sportwagenschmiede 35», que contempla además una inversión de 2.100 millones de euros.
El plan de Porsche, que la marca prevé aplicar de cara a 2035, busca reforzar la competitividad, mejorar la productividad y dar más flexibilidad a sus centros de trabajo, manteniendo la protección del empleo durante la próxima década. Pese a la situación, la compañía de Stuttgart logró aumentar su beneficio neto un 49% en el primer semestre, hasta los 1.070 millones de euros, aunque su facturación se redujo un 5,1%. Su director financiero, Jochen Breckner, confirmó el miércoles que mantiene los pronósticos para el cierre del año, con una facturación estimada de unos 36.000 millones de euros.
El conjunto del sector alemán arrastra desde hace años las consecuencias de las nuevas normativas de emisiones, la transición a la electrificación, los altos costes de producción y el desembarco de nuevos competidores chinos. Durante tiempo, las grandes marcas alemanas restaron importancia a esas señales, pero los recortes de plantilla y las advertencias de los directivos confirman que el modelo tradicional de la industria del automóvil en Alemania está en plena transformación.
