Las centrales nucleares europeas que dependen de los grandes ríos se enfrentan al riesgo de apagado por la sequía extrema que en agosto de 2026 ha reducido a mínimos históricos los caudales del Rin y del Danubio. La falta continuada de lluvias, el menor deshielo alpino y las sucesivas olas de calor no solo agravan el desastre medioambiental, sino que comprometen actividades económicas esenciales y amenazan con forzar la desconexión de reactores que necesitan agua para refrigerarse.

En Hungría, la alerta máxima se vivió en la central nuclear de Paks, operativa desde 1982 y origen del 50% de la electricidad del país. El nivel del Danubio a su paso por Paks se hundió el 3 de agosto hasta los 133 centímetros por debajo de la referencia habitual, superando el anterior mínimo de 98 centímetros registrado en 2018. La instalación llegó a estar a pocos milímetros de la desconexión completa por falta de refrigeración. Una subida del nivel del río de apenas un centímetro y medio durante la madrugada del 4 de agosto permitió salvar in extremis el último reactor y suspender el apagón anunciado. El primer ministro, Péter Magyar, confirmó que la última turbina «sigue operando de manera segura», aunque la planta funciona con un rendimiento residual de unos 240 megavatios de los cerca de 2.000 habituales. El Gobierno húngaro ha pedido un ahorro drástico de energía a ciudadanos y comercios entre las 17.00 y las 22.00 horas y ha restringido el tráfico ferroviario de mercancías. Se espera que el Danubio empiece a crecer el jueves gracias a las lluvias previstas en Austria, río arriba.

La misma combinación de bajo caudal y aguas demasiado cálidas se reproduce en Francia, donde EDF ha tenido que frenar la producción en varias plantas situadas a orillas del Ródano y del Loira. Estas instalaciones operan a medio gas porque no pueden refrigerar sus turbinas de forma segura y legal al acercarse la temperatura del agua al límite de 30 grados. En Rumanía, la central atómica de Cernavoda, responsable de cerca del 20% del consumo eléctrico nacional, afronta una emergencia similar: un reactor está desconectado desde finales de julio y el Ejército ha recurrido a detonaciones controladas para intentar desviar el caudal de agua hacia la instalación. La falta de potencia y las restricciones hídricas también han llevado a Ford y Dacia a anunciar un parón de dos semanas, hasta el 19 de agosto, en su producción en Rumanía ante la petición del Gobierno de recortar el consumo industrial.

Mientras los países aplican medidas extremas, la Comisión Europea ha confirmado que «sigue de cerca» esta severa sequía. La portavoz de Clima y Energía, Anna-Kaisa Itkonen, aseguró que, de momento, no hay fallos en el suministro gracias a los intercambios de solidaridad entre los Estados miembros. La sequía, sin embargo, se extiende a lo largo de los diez países que atraviesa el Danubio, desde Alemania hasta el mar Negro. En Eslovaquia, la estación de Bratislava registró en julio un caudal de 725 metros cúbicos por segundo, la cifra más baja para ese mes desde 1876.

En la República Checa, la mitad de las estaciones hidroeléctricas están en niveles oficiales de sequía crítica y operan con un caudal que oscila entre el 5% y el 60% de lo habitual. En Serbia, las dos mayores centrales hidroeléctricas del Danubio han recortado su producción en un 30%. El calor agrava el problema: se esperan temperaturas de hasta 42 grados en Austria y Hungría, con alerta de tercer grado en vigor. Austria declaró la alerta roja después de registrar cerca de 400 fallecimientos vinculados al calor solo durante el mes de junio.

En el oeste de Europa, el Rin arrastra una parálisis logística crítica. Las mediciones oficiales en Alemania muestran niveles muy bajos en estaciones como Colonia y Düsseldorf, y especialmente en el paso de Kaub, donde la lectura de 25 centímetros iguala el mínimo histórico de 2018. La profundidad real del canal central apenas supera los 1,30 metros, lo que impide que las grandes barcazas cisterna naveguen con carga completa sin riesgo de encallar. Para evitarlo, los buques operan al 20% de su capacidad y llegan a necesitar cinco embarcaciones para mover la carga que antes transportaba una sola.

El encarecimiento del flete fluvial ha sido inmediato: el coste por tonelada ha pasado de 45 a casi 150 euros en pocas semanas. El estrangulamiento de estas arterias amenaza con restar hasta 0,2 puntos porcentuales al PIB alemán y ya ha provocado recortes de producción en grandes grupos industriales. Thyssenkrupp, por ejemplo, ha reducido la producción de acero en Duisburgo. La crisis ha dejado en evidencia que el modelo productivo europeo carece de una red alternativa eficaz cuando el agua escasea.