La relación entre España y Argelia ha pasado por una de las fases más delicadas de la diplomacia española, pero el acercamiento impulsado por el Gobierno de Pedro Sánchez dejó un paquete de acuerdos que combinaban energía, comercio y estrategia política. El eje del entendimiento fue el gasoducto Medgaz, la reactivación del diálogo de alto nivel complicado desde 2022 y una apuesta conjunta por el hidrógeno renovable.
Antes de llegar a los pactos concretos, conviene recordar que el acercamiento a Argel no fue improvisado. Ya en 2021, Sánchez planteó convertir esta década en la de España en África, con una agenda centrada en seguridad, migración ordenada, transición ecológica e impulso económico. Esa línea se reforzó en 2024 con la Estrategia España-África 2025-2028, que convirtió al continente en prioridad de Estado. Dentro de ese marco, Argelia era una pieza central: no solo como socio energético, sino como actor imprescindible para la estabilidad del Mediterráneo occidental.
La visita de Sánchez a Argel, realizada hace menos de un mes, sirvió para cerrar formalmente la crisis diplomática abierta en 2022 y para acordar un incremento del suministro de gas a través del Medgaz. El entendimiento incluyó la posibilidad de firmar contratos plurianuales, con precios vinculados al mercado ibérico, y abrió un capítulo de cooperación en hidrógeno verde y renovables. Para España, el objetivo era asegurar la diversificación de suministros y dar estabilidad a la planificación energética. Para Argelia, el pacto significaba recuperar peso político y económico en Europa tras el enfriamiento bilateral.
El elemento más concreto del acercamiento fue, precisamente, el energético. El memorando firmado en julio amplía los volúmenes de gas enviados por Argelia y consolida el papel de España como puerta de entrada del gas para Europa. El gas argelino ha tenido tradicionalmente una dimensión geopolítica, no solo comercial. Asegurar ese flujo da estabilidad a industrias y hogares españoles, mientras que para Argel supone mantener una posición de privilegio en un mercado europeo cada vez más competitivo.
La crisis de Ceuta volvió a poner sobre la mesa la conexión entre migración, diplomacia y presión política en el Estrecho. En ese tablero, cada movimiento de España en el Magreb es interpretado también desde Marruecos. No puede decirse que los acuerdos con Argelia causaran la crisis de Ceuta, pero ambos elementos formaban parte del mismo escenario. España intentaba reconstruir su relación con Argel al mismo tiempo que mantenía una relación funcional con Rabat, lo que explica parte de las tensiones diplomáticas y la necesidad del Gobierno de equilibrar mensajes, intereses y alianzas.
Resumidos en términos claros, los compromisos del viaje fueron varios: un memorando energético para ampliar el gas argelino, la apertura a contratos plurianuales, cooperación en hidrógeno verde, reactivación del diálogo político y normalización progresiva de la relación comercial bilateral. No se trató, por tanto, de un solo acuerdo aislado, sino de un conjunto de entendimientos que mezclan energía, diplomacia y proyección estratégica, y que explican la centralidad de Argelia en la agenda exterior de Sánchez.
