Street Fighter se queda a medio camino en su salto al cine
Por Daniela Delgado · 4 min
La nueva adaptación cinematográfica de Street Fighter, dirigida por Kitao Sakurai, llega con un apartado visual colorido y un reparto que conecta con los fans, pero con un guion irregular que desinfla su torneo central y deja una sensación agridulce.
La nueva adaptación cinematográfica de Street Fighter llega a las pantallas con una promesa clara: ser la mejor película jamás hecha sobre la mítica saga de videojuegos. Y, en efecto, lo consigue, aunque el listón estaba tan bajo que la comparación con los títulos de 1994 y 2009 —considerados dos de los peores ejemplos de adaptaciones de videojuegos— apenas supone un mérito. Dirigida por Kitao Sakurai, la cinta apuesta por un tono colorido, caricaturesco y deliberadamente noventero que busca conectar con la nostalgia de los jugadores originales y, al mismo tiempo, captar a nuevas generaciones que no habían nacido cuando el arcade original arrasaba en los salones recreativos.
El problema, coinciden las primeras críticas, no es la intención sino la ejecución. La película funciona razonablemente bien durante su primera mitad, cuando construye una saga estilizada y divertida que presenta a sus personajes y establece el conflicto. Sin embargo, el relato se descarrila justo en su ecuador, en el momento en que la trama alcanza el torneo central: una eliminatoria de siete combates de la que apenas se llegan a ver uno y medio. Esa decisión narrativa, calificada de extraña y caótica, termina saboteando el propio potencial del filme y deja al espectador con la sensación de que la historia se noquea a sí misma.
El reparto es uno de los puntos que más consenso genera. La crítica destaca un elenco entregado y carismático, con un tono de comedia de acción y queso deliberado que debería satisfacer a los seguidores que buscan revivir el espíritu de los años noventa. La propuesta visual, con un diseño de producción llamativo y una fotografía que subraya el carácter cartoon de la propuesta, también recibe elogios. Sakurai, conocido por su trabajo en el terreno de la comedia, traslada ese pulso a las secuencias de lucha, aunque sin lograr que el conjunto mantenga la cohesión.
La película se suma así a la larga lista de intentos por llevar los grandes títulos de los videojuegos a la gran pantalla, un camino sembrado de fracasos que en los últimos años ha intentado corregirse con aproximaciones más fieles al material original. En ese contexto, Street Fighter toma nota de otras franquicias como Mortal Kombat, que también ha buscado reactivar su universo cinematográfico para captar a públicos nuevos sin renunciar a los veteranos. La diferencia, en este caso, es que la cinta parece quedarse a medio camino entre el homenaje nostálgico y la película de acción convencional.
El resultado es una experiencia agridulce: entretenida por momentos, visualmente atractiva y con un reparto que cumple, pero lastrada por un guion que no sabe aprovechar su propia premisa. Para los fans de la saga, la película ofrece suficientes guiños y peleas como para justificar el visionado, aunque difícilmente se convertirá en el referente que el universo Street Fighter merecía. La sensación final es la de un combate que empieza con fuerza pero se queda sin aire antes del asalto decisivo.
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