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The Slow Country’s wholesome alt-folk is a good time, guaranteed

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The Slow Country: el alt-folk optimista que nació de dos rupturas

Por Carmen Paredes · 5 min

La banda británica de siete miembros The Slow Country convierte el desamor en un directo festivo y maximalista que les ha llevado a actuar en festivales como Truck y Green Man. Su sonido, que mezcla acordeón, violín y guitarras, apuesta por la alegría escénica frente al postureo.

The Slow Country ha encontrado en el desamor su particular motor creativo. La banda británica de alt-folk, formada por siete miembros, nació de las cenizas de dos rupturas sentimentales que sus fundadores, Joe Darley y Charlie Smith, atravesaron casi al mismo tiempo. «Fue la temporada de rupturas», bromea Darley al recordar aquel punto de partida. Ambos, amigos desde la universidad y compañeros en un grupo punk llamado Paris Syndrome, decidieron canalizar esa tristeza en un proyecto conjunto que con el tiempo se ha convertido en una de las propuestas más celebratorias de la música independiente británica.

Lo que comenzó como un ejercicio de composición sincera entre dos amigos pronto se transformó en una banda de gran formato. A Darley y Smith se sumaron el bajista Finnbar Simmonds, Ben Court en batería y voz, Gina Edwards en teclados, acordeón y voz, James Darley en guitarra y la violinista Miren Summers, reclutada en un concierto en la sala The Talleyrand de Mánchester. La incorporación de Summers, según recuerda Simmonds, fue casi accidental: en aquel boló, el público del grupo principal y la propia violinista eran los únicos asistentes, y para el cabeza de cartel la situación se invirtió. Desde entonces, la formación no ha dejado de crecer en ambición sonora.

El grupo decidió deliberadamente esperar dos años antes de publicar música. No fue hasta 2024 cuando compartieron su primer sencillo, «Walking Song», tras un intenso periodo de desarrollo en ensayos y directos. Aquellos primeros conciertos, admite Simmonds, eran una mezcla caótica de riffs pesados y baladas acústicas lentas que provocaban un auténtico latigazo en el público. Con el tiempo, Darley y Smith establecieron un manifiesto creativo basado en el maximalismo: incorporar todos los instrumentos posibles, buscar recovecos de melodía y construir un sonido rico en texturas. Esa directriz se ha trasladado también a su puesta en escena, donde prima la diversión sobre la pose.

«Estamos muy cansados de bandas que se creen demasiado cool para todo, que suben al escenario a poner los ojos en blanco y a hacer pucheros», afirma Darley. Su objetivo es reflejar el placer que sienten al tocar, una actitud que ha generado un boca a boca muy positivo. Simmonds lo confirma: lo que más le gusta es cuando el público les dice que son lo más wholesome que ha visto en directo, que verles reír y disfrutar sobre las tablas les resulta sanador. Esa energía les ha llevado a ser uno de los descubrimientos de festivales como Truck y Green Man este verano, donde actuaron ante campos y carpas llenas de gente que no solo escuchaba, sino que respondía activamente a su música.

El camino no ha sido sencillo. Ser una banda emergente en 2026 es complicado para cualquiera, pero The Slow Country afronta dificultades adicionales: siete miembros que aspiran a vivir de la música y una geografía que les separa. El grupo está dividido entre Mánchester, donde se formó, y Londres, lo que les obliga a reunirse solo una vez cada quince días para sesiones de ensayo maratonianas de ocho horas. «Operamos con pérdidas netas», bromea Darley. Esas jornadas intensas, con gente impidiendo salir a fumar y sin luz natural, alimentan un caos que, según Simmonds, contribuye a esa sensación de banda unida en un mismo lugar. A partir de la sexta hora, el delirio se vuelve hermoso y creativo, aunque antes de llegar a ese punto, reconoce, todo son gritos y enfados cuando alguien toca una nota equivocada.

A pesar de las dificultades logísticas, los siete integrantes participan en la composición, aportando ideas y canciones que intercambian en línea como si de trabajo remoto se tratara. Y aunque el material surge de siete mentes y experiencias distintas, a menudo confluyen en temas comunes. En «Right There Inside», por ejemplo, abordan emociones compartidas que conectan con su discurso vital. Con su mezcla de acordeón, violín y guitarras expansivas, The Slow Country ha convertido el desamor inicial en una celebración colectiva que, aseguran, es imposible que no sea un buen momento.

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Carmen Paredes

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Editora de noticias

Carmen Paredes cubre para Comm Party actualidad, política, economía, sociedad y cultura. Su trabajo se centra en la verificación, el contexto y explicaciones claras para los lectores.

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