Entre 1985 y 1995, miles de jóvenes de los barrios obreros de Madrid convirtieron las discotecas de la periferia en su segunda casa, al margen del relato brillante de la Movida. Esa escena masiva de metal y hard rock, que creció en Carabanchel, Vallecas, San Blas, Vicálvaro, Getafe, Alcorcón y Alcalá de Henares, es ahora el centro del documental «500 pesetas con pelotazo», dirigido por el periodista musical Leo Cebrián Sanz.
Cebrián, que también codirigió «Ellas son eléctricas» sobre las pioneras del rock duro en España, se adentra en este universo desde dentro. «Dentro de mi campo, que es el rock y el heavy, no había un corpus académico ni intelectual de casi ningún tipo. Al ser un tema que no está tratado, hay muchas derivas que están ahí esperando a ser interpretadas y comunicadas», explica el director sobre su motivación para abordar este proyecto de casi dos horas de duración.
El documental, estructurado de forma cronológica, arranca en la mítica sala MM de Diego de León, impulsada por un joven Vicente Mariscal Romero, y vinculada a los primeros ambientes rockeros de la capital. A continuación aparecen Osiris, en los bajos de Argüelles, y luego Piscis, Barrabás, Canciller, Argentina y Canciller II. Todas estas salas compartían una característica común: estaban situadas fuera del centro de la ciudad. «Todo esto pasa de la M-30 para afuera», resume Cebrián.
El gran símbolo de esta escena fue Canciller, ubicado en la zona del metro de El Carmen, y su continuación, Canciller II, en la antigua Argentina, en San Blas. Para el director, este local representó el punto más alto de una forma de ocio juvenil que llevaba años gestándose. «Canciller es el punto álgido de un ocio juvenil muy vinculado a un tipo de música concreta, tan concreta como el heavy. Eso se va gestando durante los setenta y el primer lustro de los ochenta, con otras salas menos específicas, menos de tribu urbana», señala.
No obstante, Cebrián también destaca el papel de Barrabás, en Vicálvaro, una sala que describe como «más conflictiva, muy marcada por el barrio y por una forma diferente de vivir la música». Dentro de cada discoteca, los grupos se organizaban por procedencia: los de Moratalaz buscaban a los de Moratalaz, los del corredor del Henares se reunían en otra zona, y los de Alcalá, Carabanchel, Vallecas o San Blas sabían exactamente dónde colocarse. La discoteca se convertía así en un mapa vivo de los barrios madrileños.
El documental retrata una atmósfera familiar y cordial, muy alejada de los excesos que a menudo se asocian a otras escenas musicales. «Había una cosa familiar, cordial, muy ajena a cualquier tipo de problemas de excesos en los consumos. Era una identificación con la música muy pura. La gente se tomaba sus copas, porque era un público que no tenía dinero, pero socializaba con la excusa de la música, con el heavy siempre en el centro de la experiencia», recuerda Cebrián.
La figura del pinchadiscos existía, pero no tenía el protagonismo que adquiriría después el DJ. Lo central era la canción y, sobre todo, la respuesta de la pista de baile. Se alternaban bloques de rock español, rock internacional, hard rock americano, heavy clásico y, según la sala, sonidos más duros. «La norma era sencilla: la pista debía estar llena. Si una canción no funcionaba, desaparecía del repertorio», explica el director. Bandas como Barón Rojo, Leño, Obús, Banzai, Iron Maiden, Bon Jovi, Aerosmith o Metallica formaban parte de aquellas listas de reproducción primigenias.
Una de las imágenes más evocadoras del documental es la de los chavales saliendo de casa a primera hora de la tarde para llegar a una discoteca situada lejos de su barrio. «Muchos no iban de noche. Iban a sesiones de tarde. Era más barato, y más aceptable para familias que todavía veían la noche con recelo», cuenta Cebrián sobre aquel viaje que formaba parte del rito. «Había que coger el metro, cruzar Madrid, llegar», añade, subrayando el esfuerzo y la dedicación de aquellos jóvenes que encontraban en la música su territorio propio.
El documental «500 pesetas con pelotazo» no solo recupera la memoria de una subcultura masiva que quedó eclipsada por el relato oficial de la Movida, sino que también reivindica el papel de los barrios obreros en la construcción de la identidad cultural de Madrid. Con un archivo repleto de imágenes icónicas y testimonios de protagonistas que aún tienen mucho que contar, la obra de Leo Cebrián Sanz se presenta como un testimonio imprescindible para entender una parte fundamental de la historia reciente de la capital.
