La selección belga se ha convertido en un enigma para sus rivales en el Mundial, y su estilo de juego es un fiel reflejo de la complejidad del país que representa. El equipo dirigido por el francés Rudi García ha llegado a los cuartos de final tras una trayectoria irregular, en la que ha alternado actuaciones decepcionantes con destellos de gran calidad. Esta imprevisibilidad, que desconcierta a sus oponentes, supone una amenaza real para España, que parte como favorita en el duelo de este viernes.

La trayectoria de Bélgica en el torneo ha sido todo menos lineal. Tras una primera fase titubeante, el equipo estuvo al borde de la eliminación frente a Senegal, pero logró sobrevivir. En los octavos de final, dio la sorpresa al golear a una de las anfitrionas, Estados Unidos, en su mejor partido del campeonato. Esta capacidad para resurgir cuando las circunstancias son más adversas es una característica que el combinado belga comparte con su país: una nación que, a pesar de su aparente desorden, siempre encuentra la manera de salir adelante.

Bélgica es un país que desafía la lógica de los visitantes. Quien llega a Bruselas o a cualquier otra región recibe dos consejos: esperar al primer invierno para hacer cualquier valoración y, sobre todo, no cuestionarse nada de lo que ocurre, sino simplemente aceptarlo. La acumulación de basura en las calles un día a la semana, las obras perpetuas en cada esquina, un sistema político enrevesado o los transportes públicos que cambian sus rutas sin previo aviso son realidades que un español no termina de comprender. Sin embargo, el país funciona y avanza con sus propias reglas, y a la selección le ocurre exactamente lo mismo.

La generación dorada del fútbol belga, encabezada por jugadores como Eden Hazard, Kevin De Bruyne, Romelu Lukaku o Thomas Meunier, se fue sin conseguir grandes títulos, pese a alcanzar el tercer puesto en el Mundial de Rusia 2018. Ahora, cuando muchos daban por superada esa etapa, el equipo vuelve a estar en la puertas de las semifinales. La clave reside en que, aunque las estrellas ya no están en su mejor momento, siempre surge un jugador como Leandro Trossard para desatascar un partido, o unos minutos de Lukaku que cambian el rumbo del encuentro. El espíritu del equipo permite remontar en diez minutos un partido que parecía perdido, como ocurrió ante Senegal con un penalti discutido.

La calma con la que el equipo y su afición afrontan las adversidades es otra seña de identidad belga. Cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, intervino para que la FIFA revocase la expulsión del delantero estadounidense Folarin Balogun antes de los octavos de final, la reacción de Bélgica fue contenida. El club emitió un comunicado de protesta, pero al día siguiente el equipo saltó al campo y goleó a su rival, sin darle mayor importancia al asunto. Esta actitud refleja el carácter del belga medio: educado, acogedor pero no empalagoso, de costumbres marcadas pero no demasiado ordenadas, y que se toma su tiempo para todo. La prisa no es amiga de Bélgica.

El país es un mosaico de contrastes. Del caos de Bruselas se puede pasar en media hora al lujo de Amberes, ir a una playa en Ostende que los sureuropeos no terminan de entender, o pasear un fin de semana por pueblos como Halle y no encontrarse a casi nadie. No es lo mismo vivir en Valonia que en Flandes, y el carácter de los belgas no es arisco, pero sí distante. No quieren hacer demasiado ruido, porque el sistema ya lo hace por ellos. En el torneo, se ha hablado de Marruecos, de Noruega o de México, pero no tanto de Bélgica. Y ahí están, entre los ocho mejores del mundo.

Para España, esta situación es una mala noticia. La sociedad española asume que lo normal es que su selección se clasifique, pero se enfrenta a un equipo que, como el país al que representa, es indescifrable. Bélgica no destaca por nada concreto, pero siempre está. Es un país que se convierte rápido en casa porque lleva a socializar, a vivir intensamente y a no hacerse preguntas, porque muchas de ellas no tienen respuesta. Tiene un invierno denso y húmedo, y olas de calor pegajosas. En realidad, después de todo, es un país inexplicable; solo lo entiende quien lo vive, y a veces ni eso. Por eso, no hay que preguntarse cómo ha llegado la selección a cuartos de final, porque el equipo, como el país, es indescifrable, y eso es una mala noticia para España.