La decisión de qué carrera universitaria estudiar se ha convertido en un auténtico quebradero de cabeza para miles de jóvenes españoles. La presión social, las expectativas familiares y la falta de orientación adecuada conducen a menudo a una elección fallida. Según los últimos datos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, casi uno de cada diez estudiantes, un 9%, cambia de grado tras el primer curso académico. La cifra de abandono de los estudios universitarios alcanza el 22,1%, según el informe «Datos y cifras del Sistema Universitario Español», correspondiente al curso de cohorte de nuevo ingreso 2021-2022.
Detrás de estas estadísticas hay historias personales de frustración y de búsqueda de un camino propio. María Domínguez, ahora estudiante de Física, recuerda que «nos hacen elegir súper pronto, con 17 años no tienes ni idea de por cuál camino tirar». Ella se dio cuenta de su error durante una clase de Biología: «Estaba en una asignatura interesante, pero no era nada de lo que yo buscaba y dije: mira, es que yo esto no lo quiero». A sus 23 años, admite que «no quería afrontar que no le gustaba», pero prefirió ir «a tope con el cambio que estar así toda la vida».
Manuel Doval, de 23 años y recién graduado en Física por la Universidad de Sevilla, también vivió una experiencia similar. Tras un año en Arquitectura, sintió que era «una pérdida de tiempo» a pesar de aprobar todas las asignaturas. «Fue un año duro porque Arquitectura me estaba costando aunque aprobaba todo, entonces no era un fracaso para decir 'me tengo que ir de aquí', pero sentía que era una pérdida de tiempo. Cuando llegué a Física noté que era mi sitio», explica.
Ana Osle, de 22 años, cambió de Ingeniería Industrial a Estudios Ingleses en la Universidad Complutense de Madrid. Su punto de inflexión llegó con un examen de Física: «Había que estudiar dos ecuaciones y yo llegué a ese examen y dije: ¿cómo voy a suspender un examen que tiene dos ecuaciones? Saqué un cero». Los suspensos posteriores generaron una gran frustración. «Te preparabas un montón los exámenes y sacabas un tres. Después de los finales de enero no podía más y me puse a buscar carreras, vi que estaba Estudios Ingleses en Madrid y pensé: Me encantaría estar ahora estudiando esto en vez de estar aquí matándome a suspender exámenes», relata.
El estigma social sobre las carreras de letras es uno de los factores que más influye en estas decisiones. A Ana Osle le gustaban las artes, pero como era «buena» en ciencias y matemáticas, eligió ingeniería. «¿Cómo voy a pintar cuadros pudiendo estudiar Matemáticas?», se autoconvencía. Natàlia Bohorquez, que estudia Periodismo en la Universitat Jaume I tras comenzar Ingeniería Industrial en la Universitat Politècnica de València, cree que no está «mal visto» cambiar de carrera, «pero sí de una de ciencias a letras». «La gente cree que no vamos a encontrar trabajo y que en Ingeniería siempre hay más», añade.
Los datos del Ministerio respaldan esta percepción. Las carreras de Ciencias e Ingeniería y Arquitectura son las que presentan una mayor tasa de cambio, con un 12,4% y un 10,8% respectivamente, frente al 8,1% de Ciencias Sociales y el 9% de Artes y Humanidades. La presidenta de la Confederación de Organizaciones de Psicopedagogía y Orientación de España, Ana Cobos, subraya la necesidad de encontrar «una sintonía entre lo que uno quiere hacer con su vida y lo que el mercado de trabajo ofrece».
El proceso de cambio no solo implica gestionar la frustración personal, sino también enfrentarse a las reacciones del entorno familiar. Manuel Doval confiesa que «para mis padres fue una decepción. Al principio ambos insistieron en que debería esforzarme en seguir», aunque después apoyaron su decisión. Ana Osle sentía que «había fallado», pero su madre le apoyó, aunque con cierta preocupación: «Se pensaba que después de hacer un año de inglés me iba a querer cambiar de carrera. Entonces estaba como: haz lo que quieras, pero acábalo».
No todas las familias reaccionan de la misma manera. Ana Cobos advierte que «suele ser un disgusto porque las familias depositan expectativas y cuando se ven frustradas deben hacer un proceso de readaptación». La experta califica este proceso como «triste» y pone como ejemplo casos de padres que presionan a sus hijos para que continúen en carreras que no les satisfacen, lo que puede generar un profundo malestar emocional en los jóvenes.
El fenómeno del cambio de carrera no es nuevo, pero los datos muestran una ligera tendencia al alza. El porcentaje de estudiantes que cambian de grado ha pasado del 8% en el curso 2011-2012 al 9% una década después. Esta cifra, aunque modesta, refleja la persistencia de un problema estructural en el sistema educativo español: la falta de orientación vocacional temprana y la presión social que empuja a los jóvenes hacia determinadas ramas del conocimiento en detrimento de sus verdaderas inclinaciones.
Para muchos estudiantes, el cambio de carrera supone un alivio y una oportunidad para redirigir su futuro profesional. Natàlia Bohorquez y María Domínguez recibieron el respaldo familiar en su decisión. En el caso de Domínguez, ese apoyo fue fundamental: «Me costó mucho tomar la decisión, pero me apoyaron mucho y me vino genial». La experiencia de estos jóvenes pone de manifiesto la importancia de escuchar la vocación personal por encima de las presiones externas, aunque el camino para llegar a esa conclusión no siempre sea fácil.
