El mundo del vino y la comarca de la Ribera del Duero están de luto tras conocerse la muerte de Iván Sanz Cid, director general de la bodega Dehesa de los Canónigos, en un trágico accidente de tráfico ocurrido el pasado domingo. Sanz, de 48 años, viajaba junto a su esposa, Irene Garijo, de 45 años, y sus dos hijos mayores, Irene, de 17, y Luis Álvaro, de 14, cuando el todoterreno Ford Bronco en el que se desplazaban se salió de la vía en el término municipal de Herrera de Pisuerga, en la provincia de Palencia, cuando regresaban de Cantabria. Los cuatro fallecieron en el acto. La hija menor de la familia, Carlota, de 9 años, logró sobrevivir al siniestro, aunque permanece ingresada en un centro hospitalario en estado grave.
La noticia ha causado una profunda conmoción en el sector vitivinícola español, especialmente en la denominación de origen Ribera del Duero, donde la familia Sanz Cid era muy conocida y querida. Enrique Pascual, presidente de la denominación de origen, expresó su dolor: «Un grandísimo bodeguero y una grandísima persona. Su muerte nos causa un dolor terrible. Era una familia entrañable a la que todo el mundo quería». Numerosas personalidades del ámbito político y social se sumaron a las condolencias, entre ellos el presidente de la Junta de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco, quien escribió en la red social X: «Todo mi cariño y mi más sentido pésame a sus familiares y amigos. Deseo de corazón la rápida recuperación de la niña herida». También se manifestaron el vicepresidente de la Junta, Carlos Pollán; el presidente de la Diputación de Valladolid, Conrado Íscar, quien se mostró «tremendamente impactado»; el líder regional socialista, Carlos Martínez, «consternado»; la alcaldesa de Palencia, Miriam Andrés; y el ministro de Transportes, Óscar Puente. El club de rugby VRAC, al que la familia estaba vinculada, también expresó su pesar.
Iván Sanz Cid era ingeniero técnico agrícola con formación en dirección de empresas y se había formado en Estados Unidos. Fue el gran artífice de la expansión internacional de Dehesa de los Canónigos, una bodega fundada por su padre, Luis Sanz Bustos, y su madre, María Luz Cid, en los años ochenta. La bodega, ubicada en el término vallisoletano de Pesquera de Duero, en la conocida como «milla de oro» de la Ribera del Duero, no elaboró sus primeros vinos propios hasta 1989. Antes, suministraban la uva de sus cosechas a la vecina bodega Vega Sicilia. Bajo el liderazgo de Iván Sanz, la bodega logró situar sus vinos en más de 20 países, consolidando una presencia internacional que se convirtió en seña de identidad de la empresa familiar.
El estilo de gestión de Iván Sanz se caracterizaba por un profundo respeto por la materia prima. Solía decir que «es más importante la uva que la cuba», subrayando la prioridad de la calidad del fruto sobre las innovaciones tecnológicas, aunque la bodega no renunció a estas últimas. Para preservar la uva desde la vendimia, el fruto se traslada en pequeñas cajas con un máximo de 20 kilos, asegurando que los racimos lleguen en las mejores condiciones al proceso de selección. La variedad predominante es el tempranillo, aunque también trabajan con merlot, cabernet sauvignon y albillo mayor. Iván Sanz no solo consolidó los vinos que habían dado prestigio a la empresa, sino que enriqueció la gama con nuevas propuestas, manteniendo «los perfiles más sentimentales de la Ribera del Duero», según el periodista especializado Javier Pérez Andrés, quien destacó que la bodega representa «una visión del mundo del vino más genuina y pegada a la tierra, menos marketiniana».
El nombre «Dehesa de los Canónigos» hace referencia al propietario original del pago donde se asienta la bodega: el Cabildo de la Catedral de Valladolid, que contaba con 22 monjes canónigos. Con la desamortización de Mendizábal, a mediados del siglo XIX, la finca cambió de manos y fue adquirida por el empresario Toribio de Lecanda y Campo, quien luego la traspasó a su hijo Teodosio Lecanda, un reconocido arquitecto que construyó allí una casa con estilo de caserío vasco, que se conserva como uno de los elementos más característicos de la bodega. Posteriormente, la finca fue comprada por la familia Cid en 1931, que la vendió en los años sesenta y luego la recompró por el apego que la esposa del fundador sentía por el terreno, donde finalmente desarrollaron la bodega.
Iván Sanz también mantenía una fuerte implicación en causas solidarias, con un apartado específico en la web de la bodega. Junto a su hermana Belén, consolidó la faceta solidaria de la familia con acciones en favor de personas en riesgo de exclusión, la infancia, el mundo del arte y los hábitos deportivos. Su muerte, junto a la de su esposa y dos de sus hijos, deja un vacío irremplazable en la comunidad vitivinícola y en la sociedad de la Ribera del Duero, que recuerda a Iván Sanz como un hombre cálido, generoso y abierto, que supo dar un nuevo impulso a una bodega con más de 40 años de historia sin perder la personalidad característica del proyecto familiar.
