La Franja de Gaza atraviesa una crisis humanitaria de proporciones catastróficas al cumplirse mil días de los ataques del 7 de octubre de 2023. Las organizaciones no gubernamentales presentes en el terreno describen una situación límite, marcada por bombardeos diarios, hacinamiento extremo, falta de agua potable y una malnutrición que ya provoca daños irreversibles en la población infantil. La portavoz de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos (UNRWA), Irene Martínez, afirmó que «la situación sigue siendo terrible» y que «es inexplicable cómo la población puede estar sobreviviendo en estas condiciones».
Según datos de UNRWA, el 90% de los hogares en Gaza han sido destruidos, lo que ha obligado a la mayoría de los 2,1 millones de habitantes a vivir en campamentos de refugiados, en tiendas de campaña que no los protegen del calor ni de las inclemencias del tiempo. Las condiciones de saneamiento son pésimas, lo que ha provocado plagas de roedores y un aumento de enfermedades. Israel controla de manera efectiva el 65% del territorio de la Franja, un área de apenas 365 kilómetros cuadrados, y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha anunciado su intención de reducir aún más el espacio habitable para los palestinos, llevándolo al 30% del territorio original.
El desplazamiento forzado ha sido una constante durante la ofensiva militar. La población ha sido empujada hacia campos de refugiados en la costa y el sur de la Franja, donde se hacinan en tiendas de campaña hechas con palos y lonas. Estos campamentos no han escapado a los bombardeos, ni siquiera durante el alto el fuego declarado en octubre de 2025. La denominada «línea amarilla», que delimita las zonas controladas por Israel, está marcada de forma discontinua con bloques de hormigón y montículos de tierra, lo que dificulta que los palestinos conozcan su trazado exacto y los expone a un peligro constante.
Las cifras de víctimas son escalofriantes. Según el Ministerio de Sanidad gazatí, controlado por Hamás, más de 73.000 personas han muerto por ataques israelíes desde el inicio del conflicto. Desde que entró en vigor la tregua en octubre de 2025, se han registrado al menos 1.053 muertes adicionales, de las cuales 265 eran menores de edad, según Unicef. James Elder, portavoz de Unicef, calificó la tregua de «cruel y mortal ilusión» y denunció que los niños son asesinados en sus casas, en las escuelas, mientras juegan al fútbol o pescan. La semana pasada, un misil israelí mató a una bebé de un año, Sawar Abu Draz, y a su madre, Diana Abu Draz, de 23 años, en el campamento de Mawasi, en Jan Yunis, destruyendo al menos un centenar de tiendas de campaña.
El acceso al agua es uno de los problemas más acuciantes. La población gazatí dispone de entre 6 y 15 litros por persona al día, muy por debajo del estándar mínimo de supervivencia fijado por la Organización Mundial de la Salud, que es de 50 litros. Natalia Anguera, responsable de operaciones de Acción contra el Hambre en Oriente Medio, señaló que «muchas zonas no tienen agua potable. La gente bebe lo que puede, aunque no sea seguro». La contaminación del agua y la falta de saneamiento adecuado agravan la propagación de enfermedades.
La malnutrición se ha convertido en una emergencia dentro de la emergencia. La inflación de los alimentos se ha disparado entre un 40% y un 300%, y la ayuda humanitaria enfrenta graves obstáculos para llegar a quienes más la necesitan. Según Acción contra el Hambre, solo la mitad de los 160 camiones que acceden a diario a Gaza con alimentos, agua y servicios básicos logran descargarse, muy lejos de los 600 camiones diarios estipulados en el acuerdo del alto el fuego. La destrucción masiva de carreteras y la violencia dificultan el transporte interno y la distribución regular de la ayuda.
Las ONG denuncian que actualmente solo hay un puesto fronterizo habilitado para la entrada de ayuda humanitaria, lo que limita aún más el flujo de suministros esenciales. La comunidad internacional ha expresado su preocupación, pero las medidas concretas para aliviar el sufrimiento de la población gazatí siguen siendo insuficientes. Mientras tanto, los campamentos de Nuseirat, Deir al-Balah y Jan Yunis siguen albergando a cientos de miles de desplazados que no tienen a dónde regresar, atrapados en una crisis que no da tregua.
