El fenómeno de las relaciones parasociales y la saturación de datos cotidianos sobre la vida de personas apenas conocidas en redes sociales está llevando a muchos usuarios a replantearse el volumen de cuentas que siguen. Lo que comenzó como una herramienta para mantenerse en contacto con el círculo cercano se ha convertido en un escaparate donde se acumulan perfiles de desconocidos, generando un ruido constante que afecta la salud mental.

David, un barcelonés de 38 años, confiesa que a menudo siente una desconcertante familiaridad hacia personas que apenas conoce en la vida real. Sabe cómo se llaman sus hijos o conoce al dedillo las rutinas de sus mascotas, aunque nunca haya visto a algunos de ellos. «Son informaciones tan aleatorias que a veces me pregunto por qué demonios sé a dónde se va a ir de vacaciones esa persona, cuando ni siquiera debería saber que existe», explica. Su caso no es aislado, sino un síntoma de un uso de las redes que está haciendo colapsar a muchos usuarios.

Irene, madrileña de 35 años, comparte una perspectiva aún más preocupante. Calcula que apenas un 10% o un 20% de las cuentas que sigue son personas con las que realmente mantiene una relación activa. El resto son marcas, creadores de contenido y «gente que pasaba por ahí». «Sé que el hijo de una persona con la que no hablo nunca está a punto de cumplir los dos años, y que otra se casó en Ibiza y va todos los años allí a celebrar su aniversario», relata. Esta exposición continua a vidas idílicas genera un impacto directo en su percepción de la propia existencia. «Aparte de los temas relacionados con la dismorfia, sigo a muchas personas que tienen una vida alucinante y pienso: ‘y yo aquí encerrada en la misma oficina todos los días’», añade.

El fenómeno adquiere tintes más complejos cuando los datos compartidos entran en terrenos de extrema gravedad o intimidad. Irene recuerda haberse enterado por Instagram de los problemas de salud de una chica que conoció de manera casual en una fiesta y con la que habló apenas cinco minutos. «Me enteré después por su Instagram de que tenía cáncer y de una serie de historias muy complejas. Me sentí muy rara», confiesa. En otros casos, la interacción nace y muere en aplicaciones de citas: «Hay personas a las que conocí por Tinder, con las que intercambié el perfil de Instagram y a las que nunca he visto en persona, pero hoy sé que se han comprado una casa o que van a tener un hijo», cuenta. Esta sobreinformación activa preguntas sobre el propio progreso vital y la velocidad a la que avanza el tiempo.

Marc Masip, psicólogo experto en adicción a las nuevas tecnologías y director del Instituto de Psicología Desconect@, señala que seguir a una cantidad ingente de personas a las que no se conoce en el plano real da lugar a una falsa familiaridad. «Nuestro cerebro registra datos íntimos como dónde vive, dónde come, con quién sale, qué hace o qué le duele a esa persona», advierte el terapeuta, «y, como consecuencia, empiezas a tratarla como si formara parte de tu propio entorno social cuando esto no es así». Este fenómeno altera la construcción de la identidad, especialmente en adolescentes, que pueden edificar su personalidad imitando fragmentos de otros, ya sea la ropa, los valores, la estética o el estilo de vida.

Según Masip, la comparación constante que genera esta sobreexposición es especialmente peligrosa en pacientes con trastornos de la conducta alimentaria y afecta directamente a la autoestima, la seguridad corporal y las expectativas sociales, económicas o de éxito. «Existe además una dependencia emocional importante que, aunque no responda a una relación real, puede llegar en casos extremos a hacer que tu estado de ánimo varíe según lo que ves», concluye el psicólogo. La saturación de datos sobre desconocidos en Instagram no solo llena la memoria de información irrelevante, sino que distorsiona la percepción de la propia vida y fomenta una insatisfacción constante.