Las calles de Palma de Mallorca fueron escenario este domingo de una protesta que puso rostro a un malestar creciente entre los residentes de las zonas más turísticas de España. Convocados por la plataforma Menys Turisme, Més Vida bajo el lema «Mallorca al límit», miles de vecinos salieron a la calle para denunciar que la presión turística ha llegado a un punto en el que muchos se sienten extranjeros en su propia tierra. La manifestación, que transcurrió de forma pacífica durante el recorrido, terminó con cargas policiales en Ses Voltes que dejaron ocho heridos, entre ellos un fotoperiodista, e imágenes que dieron la vuelta a Europa.
«Durante muchos años, en Mallorca hubo una relación muy sana con el turismo. La gente venía a conocer la isla y su manera de vivir», explica Guillem Aloy, vecino de Sant Llorenç des Cardassar. «Ahora muchos no conocen ni nuestra lengua y tenemos la sensación de que ya no se interesan tanto por Mallorca, sino por el producto que se ha creado para venderla». Aloy asegura que la masificación hace que muchos residentes se sientan «cada vez más extranjeros en nuestra casa» y que estén perdiendo «una parte de nuestra identidad». La protesta pedía un cambio de modelo turístico que tenga en cuenta el impacto del crecimiento del sector sobre la vivienda, el territorio y los servicios públicos.
El actor y vecino de Palma Pau Pascual, que participó en la manifestación, calificó la acción policial de «desproporcionada» y aseguró que los manifestantes estaban protestando «pacíficamente para pedir un territorio habitable, que es lo que sufrimos diariamente, año tras año». Los organizadores denunciaron que se les impidió el acceso al recinto donde debía leerse el manifiesto a pesar de que no estaba completo, una situación que derivó en las cargas. La reivindicación, según subraya Aloy, «no es contra los turistas, sino contra un modelo que ha terminado desdibujando la isla».
A más de 200 kilómetros de distancia, en Barcelona —la ciudad más visitada del mundo en 2025— los vecinos reconocen escenas familiares. Arianna Bassols, residente de 24 años del barrio de la Sagrada Familia, describe como «muy triste e indignante ver cómo desaparecen cada vez más negocios del barrio para ser sustituidos por tiendas enfocadas exclusivamente a los turistas». Bassols, que ha vivido en la zona toda su vida, afirma que la capital catalana «se está convirtiendo en una ciudad centrada en los turistas y está perdiendo su esencia y autenticidad». Una pareja que lleva 50 años en el mismo barrio asegura que el paisaje urbano «ha cambiado por completo»: «Ya no entran los coches y evitamos algunas calles. No hay alquileres ya para los de aquí, solo los turistas los pueden pagar». Antonia Villalobos, vecina de 72 años del Parc Güell, denuncia que los autobuses «van siempre llenos de turistas», lo que supone «un incordio para los vecinos» que necesitan usarlos para desplazarse en un barrio con muchas cuestas.
Frente a estas quejas, los empresarios del sector recuerdan que millones de personas viven directa o indirectamente del turismo, uno de los principales motores económicos del país. Alfonso Robledo, presidente de Restauración CAEB en Baleares, sostiene que «la gente piensa que el problema de la vivienda es un problema del turismo, y no es así». A su juicio, la convivencia entre residentes y visitantes pasa por una mejor gestión de los flujos y no por reducir la actividad. «El turismo debe convivir con el residente. Lo que está dañando la imagen de Baleares es el 'no al turismo'. Eso nos está haciendo mucho daño. Si el turista ve que no es bien aceptado, deja de venir. Esto nos perjudica muchísimo. El turismo para nosotros es todo. Vivimos del turismo. Es importantísimo», afirma Robledo.
Los datos reflejan la magnitud del fenómeno. Entre enero y mayo de 2026, España recibió 36,8 millones de turistas internacionales, un 5 % más que en el mismo periodo del año anterior, con un gasto superior a 50.250 millones de euros, según el Ministerio de Industria y Turismo. Además, el mercado laboral superó por primera vez los tres millones de afiliados vinculados a actividades turísticas. Nunca antes habían llegado tantos visitantes ni el sector había sostenido tanto empleo. Pero tampoco habían sido tan visibles las voces que cuestionan el coste de ese éxito sobre la vivienda, el espacio público y la vida cotidiana de quienes residen en los barrios y municipios más presionados.
El debate entre quienes piden límites al crecimiento turístico y quienes recuerdan que de él dependen millones de empleos no tiene respuestas sencillas. Mientras el verano avanza, las mismas calles que unos recorren con una cámara al cuello son, para otros, el camino de vuelta a casa. La tensión entre el derecho a viajar y el derecho a habitar el propio territorio sigue creciendo en todo el país.
