Noruega conmemora este martes el decimoquinto aniversario de los atentados del 22 de julio de 2011, la peor tragedia nacional desde la Segunda Guerra Mundial. Aquel día, el ultraderechista Anders Breivik sembró el terror en dos ataques coordinados: primero hizo estallar una bomba frente a la sede del Gobierno en Oslo y, poco después, se dirigió a la isla de Utøya, donde asesinó a 69 personas, en su mayoría adolescentes, que participaban en un campamento de verano de las juventudes del Partido Laborista. En total, 77 personas perdieron la vida y más de un centenar resultaron heridas.
La jornada de recuerdo reúne a supervivientes, familiares y políticos en diversos actos oficiales y privados. La televisión noruega ha recogido el testimonio de una de las personas que logró salvarse en Utøya, quien afirmó que «todavía hay un sentimiento dentro de que la sociedad ha avanzado de una manera que los afectados nunca podrán hacer». La conmemoración busca honrar a las víctimas y reflexionar sobre el impacto que el ataque tuvo en la sociedad noruega, que hasta entonces se consideraba un país pacífico y seguro.
La masacre comenzó a las 15:25 horas del 22 de julio de 2011, cuando una furgoneta blanca cargada con casi una tonelada de explosivos estalló frente al bloque H del complejo gubernamental de Oslo, donde se encuentran la Oficina del Primer Ministro, el Ministerio de Justicia y otros edificios oficiales. La bomba, compuesta por una mezcla de fertilizante y fueloil similar a la usada en el atentado de Oklahoma City, provocó la muerte de ocho personas y heridas a una treintena. La explosión se escuchó a nueve kilómetros de distancia y causó incendios en dos bloques de oficinas, además de destrozar ventanas en edificios cercanos.
Breivik, entonces de 32 años, había estacionado el vehículo a las 15:16 y se alejó rápidamente hacia Hammersborg torg, donde tenía otro coche. A las 15:26, la policía recibió el primer aviso de la explosión, y dos minutos después una patrulla informó haber llegado al lugar. El primer ministro, que se encontraba en su despacho, resultó ileso. Sin embargo, la respuesta policial se vio empañada por retrasos en la transmisión de información clave: un testigo llamó a las 15:34 para reportar que una persona con uniforme policial y una pistola entraba en un vehículo sin distintivos, un Fiat Doblo, pero el número de matrícula no se transmitió por radio hasta dos horas después.
A las 16:55, aproximadamente una hora y media después de la explosión, Breivik abordó un ferry en el lago Tyrifjorden, a unos 32 kilómetros al noroeste de Oslo, con destino a la isla de Utøya. Allí, 560 jóvenes participaban en el campamento de verano de las juventudes laboristas. Vestido con un uniforme policial, el terrorista dijo que había sido enviado para proteger la isla y logró reunir a un grupo de jóvenes a su alrededor. Sin mediar palabra, comenzó a disparar contra ellos a las 17:22, utilizando un rifle y una pistola con balas de punta hueca, mucho más dañinas. Mientras disparaba, gritaba: «¡Moriréis hoy, marxistas!».
Durante la hora siguiente, Breivik recorrió lentamente la isla disparando de forma indiscriminada, mientras los jóvenes intentaban esconderse o huir, algunos a nado. Acabó con la vida de 69 personas, 33 de ellas menores de edad. Se cree que gran parte de las víctimas murieron ahogadas mientras intentaban escapar. La superviviente Dana Barzingi, de 21 años en ese entonces, describió cómo varias víctimas heridas fingieron estar muertas, pero el asesino regresó y les disparó de nuevo. En su paseo mortal, Breivik perdonó la vida a un joven de 22 años y a un niño de 11 años que había perdido a su padre durante el tiroteo, diciendo que era demasiado joven para morir.
Mientras la pesadilla se desarrollaba, algunos residentes de la zona intentaron ayudar. Varias personas se echaron al agua con lanchas motoras y botes de pesca para rescatar a los jóvenes que se habían escondido entre los arbustos y detrás de las rocas. Consiguieron salvar a algunos, que salían del agua temblando y sangrando. Jörn Överby, uno de aquellos ciudadanos, recuerda hoy: «Veo a una chica acostada en el agua flotando con la cabeza hacia abajo. El dibujo de su ropa interior es de un personaje de Disney... Tenía un agujero del tamaño de un puño en la espalda». Los jóvenes que conocían bien la isla nadaron hasta el lado rocoso oeste y se escondieron en cuevas a las que solo se puede acceder por agua. Hasta 47 de ellos buscaron refugio en Skolestua, la Casa de la Escuela; aunque Breivik disparó dos balas a través de la puerta, no logró abrirla, y las personas que se encontraban dentro sobrevivieron.
El tiroteo masivo duró aproximadamente una hora y media, finalizando en torno a las 18:52 horas, cuando Breivik se entregó a la policía. Los investigadores recogieron un total de 186 casquillos de munición en la isla. La policía llegó tarde, un hecho que generó duras críticas y llevó a reformas en los protocolos de respuesta a emergencias. Breivik fue condenado en 2012 a 21 años de prisión, la pena máxima en Noruega, con posibilidad de prórroga indefinida si se le considera un peligro para la sociedad.
Quince años después, el país nórdico sigue lidiando con las secuelas de aquella jornada. Los actos de conmemoración incluyen ofrendas florales, minutos de silencio y discursos de autoridades y supervivientes. La masacre de Utøya y Oslo no solo cambió la vida de las víctimas y sus familias, sino que también transformó la percepción de seguridad en Noruega, un país que hasta entonces se consideraba ajeno a la violencia política extrema. El recuerdo de aquel día sigue vivo en la memoria colectiva, y la sociedad noruega continúa debatiendo cómo prevenir futuros actos de odio y extremismo.
