El proceso de divorcio o separación de los padres puede dejar una huella profunda en la salud emocional de los hijos, y la actitud de los progenitores resulta decisiva para que los menores superen la nueva etapa con el menor daño posible. Así lo sostiene el psicólogo Ignacio Estaún de Torres, quien subraya que los niños perciben la situación y necesitan respuestas que les ayuden a adaptarse.

La preocupación no es menor si se atiende a las cifras. Durante 2024 se registraron en España más de 86.500 separaciones y divorcios, un aumento de más del 8% respecto al año anterior. En los casos de parejas con hijos, la custodia compartida se otorgó en casi la mitad de los divorcios. Estas transiciones familiares suelen provocar cambios profundos en la vida de los menores: pueden alterar su forma de vivir, en algunas ocasiones su escolarización y también sus relaciones con la familia y los compañeros.

Ignacio Estaún de Torres describe la separación como «un cambio razonablemente brusco de escenario» para todas las partes, que exige aceptación y adaptación. Los padres suelen partir con ventaja, porque han ido gestando la nueva situación mucho antes y tratan de anticipar los problemas venideros, algo que no ocurre con los niños. El final de una relación nunca es fácil y suele estar acompañado de emociones contradictorias.

Diversos estudios demuestran de forma consistente que el bienestar infantil se ve afectado negativamente tras la separación de los padres, aunque la intensidad del conflicto parental también influye en el desarrollo de los hijos. La disolución de una familia muy conflictiva, en la que los niños han presenciado muchas disputas, puede incluso suponer un alivio y resultar beneficiosa para su bienestar. En cambio, la ruptura de una familia con pocos conflictos puede ser inesperada para el niño y provocar más estrés y sentimientos de pérdida.

Según el experto, gran parte de la gestión que los hijos puedan hacer de la separación radica, más que en la edad, en cómo los progenitores afrontan la situación. Aunque la adolescencia es una época especialmente vulnerable y complicada porque la comunicación con los padres suele ser más difícil, cualquier momento del desarrollo puede resultar complejo.

Los padres pueden hacer mucho para que el proceso sea menos doloroso. Estaún recomienda «explicarles con todo detalle la situación» para que los niños puedan elaborar sus propias estrategias de adaptación, y sugiere poner el foco en las posibles ventajas del nuevo escenario: van a tener dos casas, con dos cuartos para ellos, evitarán presenciar discusiones entre los padres y, sobre todo, deben saber que sus padres les siguen queriendo mucho, que la separación no tiene nada que ver con ellos y que no los van a perder de vista.

Uno de los aspectos más difíciles es mantener la coherencia entre los dos progenitores a la hora de fijar normas que los niños perciban como razonables y alineadas en los dos escenarios. Las grietas entre la pareja suelen estar llenas de reproches mutuos, algo que no beneficia al desarrollo emocional del menor. Por eso resulta fundamental acordar qué acontecimientos se permiten y cuáles no, siempre bajo la premisa de que forman un «equipo» y de que las reglas sean proporcionadas, lógicas y duraderas en el tiempo.

Una de las actitudes que conviene evitar es disfrazar o edulcorar la situación para que los niños apenas noten los cambios. Esa estrategia, advierte el psicólogo, no suele funcionar: los menores no la perciben como verdadera y retrasan su adaptación. También alerta del riesgo de que las frustraciones personales de los padres ganen espacio, porque el daño que entonces provocan en los niños suele ser de mayor magnitud.

La clave está, según el especialista, en la comunicación y en la actitud de los adultos. «Los niños perciben la situación y requieren respuestas que les ayuden a superarla, siempre poniendo el foco en lo positivo que van a fomentar», afirma. Los padres deben ser conscientes de que su papel no termina con la ruptura: «Están actuando para el futuro bienestar emocional y equilibrio de sus hijos: son sus padres durante toda la vida». Se rompe una pareja, pero no el rol de padres.