El Mobofest, el festival de música independiente que durante una década ha sido un referente en Baleares, bajó el telón este fin de semana con una edición cargada de emoción. El evento se despidió para siempre en el Puig de Consolació, en Sant Joan (Mallorca), con todas las entradas vendidas y un homenaje muy especial a Joan Roca, bajista de Antònia Font, fallecido esta semana a los 54 años tras una larga enfermedad. La actuación que la banda iba a ofrecer para clausurar el festival se transformó en un sentido acto de despedida que convirtió la noche final en un momento inolvidable para los asistentes.

El festival, que nació en 2017 por iniciativa de un grupo de amigos con un presupuesto inicial de 50 euros cada uno, se mantuvo siempre fiel a su filosofía de «do it yourself» y de funcionar como una asociación sin ánimo de lucro. «Pusimos 50 euros cada uno para arrancar el festival», recordó Toni Martorell, cofundador del certamen. Las tres primeras ediciones fueron gratuitas y, a partir de la cuarta, se estableció un precio que nunca superó los 50 euros. Esta política permitió que el evento fuera accesible para todo el público y que creciera de forma orgánica: en su segundo año ya reunió a más de 2.500 personas.

A lo largo de estos diez años, Mobofest se convirtió en mucho más que un festival de música. Fue un espacio de descubrimiento para nuevos artistas, una plataforma para la cultura en catalán y un oasis cultural en el interior de Mallorca, alejado de la masificación turística. La programación de esta última edición incluyó a más de una veintena de artistas como La Ludwig Band, Maria Jaume, Él Mató a un Policía Motorizado, The Ripplets y Ánimos Parrec, entre otros. El recinto contó con varios escenarios, un mercadillo, una zona gastronómica con opciones sin gluten, vegetarianas y veganas, y diversas barras distribuidas por el espacio.

El ambiente íntimo y mágico del lugar, rodeado de bosque y con vistas a la puesta de sol, fue uno de los grandes atractivos del festival. «La Mobo es muy verano», explicaba Aina Amor, una joven de Palma que asistió a tres ediciones. «El lugar es increíble, casi mágico: el bosque, la puesta de sol... Es espectacular. Sabes que te lo vas a pasar bien sí o sí». Rafel Català, que acudió a cinco ediciones, destacó que el festival era un espacio de descubrimiento: «Lo importante son los momentos que vives allí. Siempre saldrás con nuevos recuerdos». Por su parte, Toni Guiscafre señaló que el festival movía la cultura de las islas y que su desaparición dejará un vacío muy grande.

El compromiso social también estuvo presente en la última edición. Durante los conciertos se escucharon reivindicaciones como el «SOS Turismo» y se vieron banderas de Palestina, con grupos como Amulet coreando «viva una Palestina libre». Estas muestras de activismo formaban parte del ADN del festival, que siempre buscó ser un espacio crítico y consciente.

Con esta décima edición, Mobofest cierra un capítulo único en la música independiente balear. La organización y los asistentes coinciden en que el festival ha dejado una huella imborrable, no solo por la calidad de su cartel, sino por la comunidad que supo crear. Como resumió Martorell, «todo lo que ganábamos era para reinvertir en el propio festival». Un modelo que, aunque llega a su fin, demuestra que la pasión y el trabajo colectivo pueden construir algo grande.