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Cultura

Quiet Light: la productora que compagina medicina y música indie

Por Carmen Paredes · 6 min

Riya Mahesh, la artista detrás de Quiet Light, compagina su rotación hospitalaria con el lanzamiento de su mixtape 'Blue Angel Sparkling Silver 2' y su próxima actuación en el festival de Olivia Rodrigo. La texana reflexiona sobre la dualidad de su vida, la conexión entre disciplinas y su aprendizaje autodidacta de la producción musical.

Riya Mahesh, la productora y cantante texana detrás del proyecto Quiet Light, atiende la llamada desde una camiseta cómoda, recién salida de su turno en el hospital donde realiza su rotación médica. Su vida actual se reparte entre el trabajo sanitario y la música: «Ahora mismo mi vida es un poco de 9 a 5 y luego de 5 a 11», admite con un deje de cansancio bajo la emoción. Mahesh cursa medicina en la costa este de Estados Unidos, retomando sus estudios tras un año sabático dedicado a su carrera musical independiente.

Desde que aprendió a producir durante la pandemia, Mahesh ha publicado música de forma prolífica bajo el nombre de Quiet Light, un proyecto que ella misma define como «secuencias de sueño»: una delicada fusión de folk, alt-pop y paisajes sonoros ambientales. Su último lanzamiento, el mixtape 'Blue Angel Sparkling Silver 2', apareció en abril y marcó su fichaje por True Panther, el sello detrás de artistas como Oklou, Grace Ives y Model/Actriz. Además, ha sido seleccionada personalmente por Olivia Rodrigo para actuar en su nuevo festival de música, Daisy Chain Fields, lo que será su concierto más importante hasta la fecha.

Curiosamente, nadie en el hospital sabe de su faceta musical. «Todavía nadie lo sabe. Es bastante increíble», comenta Mahesh con alegría. La comparación con Hannah Montana le resulta familiar, pues ha trabajado de incógnito junto a sus colegas durante meses. «Lo que está en juego es muy alto: hay gente que se está muriendo. Tu vida personal no forma parte de la ecuación», explica sobre el trabajo hospitalario. «Es súper humillante y a la vez increíble ir cada día a un trabajo donde estás para servir a los demás». Sobre compaginar ambas vidas, no finge tenerlo resuelto: «He intentado ser lo más zen posible e ir día a día». Lo que no duda es que «la música ha sido toda mi vida y nunca voy a parar. Pague las facturas o no, siempre será lo más constante en mi vida».

Este equilibrio entre extremos le resulta natural a Mahesh, que de niña hacía una docena de actividades extraescolares. Observa que sus amigos también compaginan múltiples proyectos: «Siento que así es la generación Z. Todo el mundo tiene veinte trabajos secundarios, intentando navegar el estado del mundo y ganar dinero de varias maneras». Esta experiencia forma parte de una filosofía más amplia: cree que las personas son mucho más polifacéticas de lo que parecen. «La gente lo divide todo en cerebro izquierdo y cerebro derecho», señala, aludiendo al tópico de que los músicos no son buenos en matemáticas. «Pero la teoría musical y la producción están muy arraigadas en las matemáticas. Todo está mucho más conectado de lo que pensamos, si dejamos a un lado nuestros prejuicios».

Mahesh creció en una familia india en Dallas, Texas, «el lugar más suburbial que puedas imaginar», y buscó escapar de su «mundanidad insondable» a través del arte, con referencias como David Lynch y 'Las vírgenes suicidas'. Su adolescencia, sin embargo, tuvo un capítulo decididamente «normcore»: pasó el instituto con amores platónicos, partidos de fútbol americano y fue coronada reina del baile de graduación. Bajo esa aparente normalidad se escondía una sólida formación clásica: su madre, una experta intérprete de sitar, la puso a estudiar piano a los cuatro años. «Fue una de las experiencias educativas más fructíferas de mi vida», recuerda, aunque tardó en enamorarse del instrumento. «En mi casa las cosas podían ser caóticas. Encontré la mayor paz sentada al piano, aprendiendo que por muy loco que se ponga todo, siempre puedes sentarte y entrar en ese estado de fluidez».

Su director de coro en el instituto descubrió su voz y la encaminó hacia clases de canto, lo que la llevó a estudiar ópera clásica y a solicitar plaza en Juilliard. No la admitieron. «Creo que eso marcó gran parte de mis veinte años, esa creencia de que no era lo bastante buena». El rechazo la alejó de la música como carrera y la acercó a crearla únicamente por placer. Ese cambio se aceleró en la universidad en Austin, donde se unió a la radio del campus y descubrió a Life Without Buildings y Weyes Blood. Quiet Light nació, dice, de reconciliar sus dos yo: «unir mi pasado y mi presente, algo viejo y algo nuevo». Siempre había asumido que «hacer música» implicaba volar a un estudio en Los Ángeles para cantar sobre una base creada por un productor, hasta que descubrió que Clairo había producido muchos de sus discos más exitosos en solitario. «La gente quizá subestima el impacto que Clairo ha tenido en las músicas autoproducidas», afirma. «Recuerdo tener 19 años, escuchar 'Immunity' y pensar que podía enseñarme a hacerlo yo también». Así lo hizo: aprendió producción con Logic, observando a amigos productores, y ahora escribe, canta, produce y mezcla todo ella misma, sumándose a una ola de mujeres autoproducidas junto a nombres como Erika de Casier y PinkPantheress.

Carmen Paredes

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Editora de noticias

Carmen Paredes cubre para Comm Party actualidad, política, economía, sociedad y cultura. Su trabajo se centra en la verificación, el contexto y explicaciones claras para los lectores.

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